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RIO DE JANEIRO, Brasil – El crack tiene el mismo componente activo que la cocaína, pero cuando se fuma, los pulmones lo absorben muy rápidamente y envían las toxinas directamente al cerebro. La droga provoca ansiedad, manías persecutorias, insomnio, pérdida de apetito e hiperactividad.
En la segunda y última entrega sobre la mirada que Infosurhoy.com realiza de la lucha contra esta droga mortal en Brasil, la atención pasa a centrarse en las familias que piden tratamiento para las adicciones de sus familiares.
Aunque los adictos al crack reciben tratamiento subvencionado por el sistema público de salud, el aumento en el número de consumidores ha dificultado a los auxiliares médicos poder hospitalizarlos durante períodos de larga duración para darles así la ayuda que necesitan.
Un buen ejemplo: Bruno Kligierman de Melo.
Este chico de 26 años estranguló a su amiga Bárbara Calazans, de 18, hasta matarla en su apartamento de Flamengo, en Río, el 24 de octubre del pasado año.
Melo había sido adicto al crack durante al menos seis años, y estuvo hospitalizado en una clínica privada cinco veces como mínimo, según recuerda su padre. Su último período en rehabilitación había sido en mayo del año pasado. Melo permaneció ingresado 15 días antes de ser dado de alta.
¿La razón? No porque estuviese totalmente curado. Fue porque su seguro cubría 15 días de tratamiento.
Melo no estuvo limpio mucho tiempo, y volvió a la droga mortal –una forma de cocaína sólida y fumable- tras la muerte de su madre.
El productor televisivo Luiz Fernando Prôa, padre de Melo, trató de hospitalizar a su hijo por su adicción. Pero no logró que lo admitieran en ningún centro médico.
¿Por qué? Pues porque Melo no quería ingresar como paciente, cuando los hospitales, clínicas y centros médicos brasileños sólo aceptan a los drogadictos que entran en tratamiento de forma voluntaria.
“Los centros sólo aceptan a aquellos adictos que vienen por su propio pie", afirma Prôa. “Cuando los aceptan, sólo pueden hospitalizarlos durante 15 días. Eso no ayuda. Un adicto no se convierte en santo de la noche a la mañana”.
Melo no recuerda la noche fatal del 24 de octubre. Llamó a su padre, quien a su vez llamó a la policía, la cual, en última instancia, lo escoltó al hospital psiquiátrico Roberto Medeiros, una unidad en el complejo Bangu, que es una prisión brasileña de máxima seguridad. Su juicio tendrá lugar el 4 de febrero.
“He hablado mucho con él", dijo Prôa en una entrevista con O Globo. “Yo digo: 'Si aún estás vivo, si Dios te ha dado esta oportunidad y tienes que pagar esta deuda para recuperar tu vida... haz tu parte. Sirve a tu momento y [sé un ejemplo] para salvar vidas. Es la única forma de restablecer tu nombre y demostrar tu verdadera naturaleza".
Un informe realizado por el Núcleo de Estudos e Pesquisas em Atenção ao Uso de Drogas (Nepad) sostiene que los consumidores de crack suelen ser más jóvenes que Melo, promediando 21,6 años de edad, en contraste con los 30,5 años de los consumidores de cocaína. Además, según este informe, los consumidores de crack tienen niveles económicos y educativos inferiores a los de quienes toman cocaína.
Y después se encuentra el estudio de Bernardo Cruz, psicólogo de Nepad. En 2005 trató a 200 pacientes cocainómanos, y sólo uno de ellos usó la droga en la forma de crack. Tres años después, más de la mitad (114) de los pacientes eran adictos al crack.
“El factor perverso es que incluso con menos dinero, a aquellos que consumen crack les cuesta más", explica Cruz, “porque, a pesar de ser más barato, los efectos del crack son más intensos y pasajeros” .
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